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Pedro González del Prado [escribió]
una probanza de méritos hacia 1548 y no sabía que estaba componiendo
la primera página de la historia literaria de Santiago del Estero.
[...] La condición fundadora de aquellas páginas no fue, sin
embargo, enteramente casual. En ellas ya se encontraban en germen
algunas de las constantes que luego habrían de recorrer innumerables
páginas de la literatura que involuntariamente había fundado.
[...]Hacia comienzos del siglo XVII ya hay noticias de algunas
representaciones [teatrales en Santiago del Estero]. El marco y el
tenor de las mismas no podría alejarse de lo que se hacía en España
y las dilatadas soledades de la Colonia no nos permiten sospechar
más que algún pálido reflejo. Hacia esos años la iglesia Catedral
habría sido marco para una Vida de San Ignacio. Y no hay motivo para
dudar de las noticias de su éxito, ya que el escaso y devoto
vecindario no tendría demasiadas ocasiones de ver interrumpida su
rutina.
[...]Hacia mediados del siglo XVII ya la región tenía su historia y
el Cabildo le encargó a don Cosme del Campo su redacción.
[...]Los testimonios del XVIII son felizmente más perdurables. [...]
Dos nombres sobresalen de este período: el polígrafo y naturalista
Gaspar Juárez Baviano, que transmitía sus conocimientos en la
Universidad de Córdoba. La vasta curiosidad de Juárez Baviano lo
llevó a componer, entre otros, un Catálogo de la Lengua Regia
Americana, Disertaciones sobre el Derecho Natural de las
gentes y una breve relación sobre otro personaje singular de
este período: la beata madre Antonia de la Paz y Figueroa. Si las
especulaciones de Juárez Baviano giraban alrededor de las
variaciones del mundo, las de la Beata Antula se referían a los no
menos complejos laberintos del alma. Hija de un encomendero y
hacendado, su privilegiada situación social no la ató a las
posibilidades de su clase sino que se entregó de lleno a las
actividades religiosas. [...] La labor literaria de la Beata Antula
quedó dispersa en uno de los géneros más íntimos y marginales: el
epistolar.
[...] Dos nombres se suman a comienzos del siglo XIX a esta escueta
nómina. [...] Uno de ellos pertenece a la ancha corriente de la
poesía popular. Se trata de José Enrique Ordóñez, aunque ―por una
vieja ley del pueblo― la gente lo conociera como Zunco Viejo. Con
este nombre sería nombrado en las fiestas y ceremonias en las que
sus estrofas eran repetidas y muchas veces cantadas. Consecuente con
sus versos el famoso Zunco Viejo habría participado de los vaivenes
del pueblo del que formaba parte, y sus rimas recogen las alegrías y
las penas de los santiagueños comunes de entonces, las antiguas
costumbres, las ceremonias piadosas, o el amor, o la conmoción
frente a la muerte de sus caudillos.
[...] Otros perfiles y un ámbito social más elevado caracterizaron
la vida de Amancio Alcorta. Economista, músico, poeta y fugazmente
político, su destino lo llevó pronto fuera de la provincia en la que
había nacido en 1.805. [...] Del perfil que aquí nos interesa ―el de
poeta― sólo queda una breve colección de trece composiciones que en
nada permitirían sospechar su entraña santiagueña.
[...a partir de la segunda mitad del siglo XIX] La instalación de
una imprenta en la provincia y la publicación de su primer periódico
―El Guardia Nacional― le brinda a los amantes de las letras un medio
para dar a conocer sus creaciones. [...esto] permitió que varios
nombres, algunos de ellos de muy escaso o dudoso valor, incorporaran
sus textos en una historia de las letras de la provincia.
[...] Hacia 1876 se fundó ―bajo el nombre de “Sociedad de Estudios
Rivadavia“― lo que habría sido la primera institución literaria de
nuestro medio. [...] Dos diarios de entonces ―El Norte y La Prensa
Libre― solían recoger sus modestos intentos líricos. También por
aquellos años nacerían con cierta consistencia los espectáculos
teatrales y un galpón contiguo a la iglesia Catedral albergaría los
primeros entusiasmos dramáticos. Zanetti y Ollantay fueron los
nombres sucesivos que ella tuvo y las buenas familias, que
asistirían a ver a sus hijos dando sus primeros pasos sobre el
escenario, podían reservar su lugar “enviando sus sillas
previamente“.
Más importante para un inventario de estos puntos de partida de las
letras santiagueñas lo constituye la presencia en esta etapa de
Pablo Lascano. Nacido en Salavina en 1854 tardó varios años en
llegar a la letra impresa con sus generosas Siluetas
contemporáneas de 1889. Su calidad de miscelánea ―que reiteraría
en su Discursos y artículos medio siglo posterior― nos
descubre la presencia de un autor que no configuró una obra
orgánica. [...] el sabor de su prosa, su manera de contar, la
apertura espiritual de su mirada, nos propone la presencia del
iniciador de nuestra prosa moderna. Y, aunque sea históricamente
inexacto, Lascano es por la significación de su frustrado intento
Juallo el primer novelista santiagueño. Y lo ubicamos, junto a
González del Prado, Rojas de Oquendo y Amancio Alcorta, en la nómina
de involuntarios fundadores de algunos de los rostros de las letras
de nuestra tierra.
Hacia el filo del siglo ―septiembre de 1899― Pablo Lascano escribió
el prólogo de un libro curioso: El almanaque humorístico para el
año 900 de Daniel Soria. En pocos casos la palabra singular
sirve tanto como en este para calificar un texto. El Almanaque
fue singular porque pertenecía a un género inédito de nuestras
letras, y porque tampoco tuvo descendientes de algún relieve. Lo
notable es que, una literatura que tuvo tantas páginas de alegría
triste, nos brindara un testimonio como aquél, que refleja el
costado ingenioso y festivo de una parte del espíritu santiagueño.
El libro recogía notas picarescas y el apodo de figuras conocidas de
la vida de entonces. Su permanencia, en muchos casos, nos confirma
que las páginas tenían su actualidad. Esto lo habrán sentido
aquellas autoridades de entonces que, con envidiable celo,
repitieron la tradicional ceremonia de retirar todos los ejemplares
posibles de aquella edición.
Todos los estudiosos de las letras de esta provincia coinciden en
incorporar a ellas al erudito polígrafo Ricardo Rojas. A pesar de su
origen tucumano, Rojas pertenecía a una ilustre familia santiagueña
y su vida y su obra dan testimonio del entrañable afecto que sentía
por estas tierras.
[...]la primera novela santiagueña [...] Agustina [fue
publicada por] Francisco M. Viano en 1903. En realidad el libro está
teñido de cierto hibridaje debido a la incorporación de documentos
de la época y de la conversión de numerosas páginas en una mera
crónica histórica.
[...] El primer cenáculo esencialmente literario sería el fundado en
1917 por Emilio Christensen, Enrique Almonacid, Gregorio Guzmán
Saavedra, Marcos J. Figueroa y Carlos Abregú Virreira entre otros.
Su nombre nos trae una atmósfera de época: Los Inmortales.
Publicaron sus poemas en una revista ―Bohemia― que, como el
cenáculo, tuvo escasa vida.
[...] Poco tiempo después ―hacia septiembre de 1925― el manifiesto
de La Brasa sería la fe de bautismo de un movimiento que tenía
raíces más sólidas de lo que aparentaba el despreocupado humor con
que estaba redactado. Lo firmaban Bernardo Canal Feijóo ―tal vez su
autor―, Ciro Torres López, Manuel Gómez Carrillo, Emilio Wagner,
Orestes Di Lullo, Emilio A. Christensen, Oscar Juárez, Carlos Abregú
Virreira, Pedro Cinquegrani, R. Ponce Ruiz y Santiago Dardo Herrera.
[...]
El nacimiento de La Brasa coincide con los agitados años '20 y la
corriente de la vanguardia que había llegado a estas tierras.
Inclusive el primer poemario de Bernardo Canal Feijóo ―Penúltimo
poema del foot-ball (1924)― puede figurar entre los más
significativos testimonios argentinos de esa corriente.
[...]Los caminos que recorrieron las letras de nuestra tierra a
partir de aquel momento serían diversos. En ellos se reconocen
influencias de autores de nuestro país y nuestro continente, pero
también las huellas de la tradición popular y oral propias.
Prof. José Andrés Rivas
Fragmentos del capítulo introductorio al libro
Santiago en
sus letras. Universidad Nacional de Santiago del Estero,
1989.
Durante la década del 50 y 60, inició sus actividades en el Grupo
Aymará, con la librería de ese nombre, ubicada en la casona de los
Taboada. Su principal impulsor y dueño de la librería, Francisco
René Santucho también promueve el Grupo Seisepse, dedicado a
organizar reuniones de estudio de la ciencia política. Más tarde la
librería cambiará su nombre por Dimensión y se instalará en el
pasaje Tabycast (1957). Entre las actividades que lleva a cabo está
la conformación del Grupo Dimensión, ideológicamente heterogéneo,
que organizaba exposiciones de pintura, presentación de libros,
mesas redondas, invitaba a intelectuales de otras provincias y del
exterior. Algunos lo consideran la continuidad del ya extinto
movimiento de La Brasa, entre sus integrantes se contaban: Bernardo
Canal Feijóo, Orestes Di Lullo, Mariano Paz, Alberto Alba,
Ciro Orieta, Juan Carlos Martínez, Julio Carreras (padre), Carlos V.
Zurita, Alfredo Gogna, Bernardo Ponce y Fany Olivera Paz. Este grupo
publicó sus trabajos literarios, entre 1956 y 1962, en los seis
números de la revista Dimensión, editada por Francisco René
Santucho.
Hacia los años 70 y 80, surgen algunos escritores como Carlos Manuel
Fernández Loza,
Clementina Rosa Quenel y Carlos V. Zurita.
Ya en los 80, Santiago del Estero conoce la obra de autores como
Juan Manuel Aragón (h), Ricardo Aznárez y Julio Carreras (h). Este
último edita la revista Quipu de Cultura, que en su breve existencia
―8 números― provoca un impacto importante en el ambiente cultural
del interior argentino. (D. Giménez)
Escritores de
Santiago del Estero
Pablo Lascano
Ricardo Rojas
Orestes Di Lullo
Jorge W. Ábalos
Clementina R. Quenel
Carlos Bernabé Gómez
Bernardo Canal Feijóo
Francisco René Santucho
Carlos Manuel Fernández Loza
Alberto Alba
Julio Carreras (h)
Jorge Rosenberg Juan
Manuel Aragón (h)
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