| |
|

Las leyendas y cuentos
fantásticos, mitos fabulosos , arcaísmos, que son el tesoro de su
literatura popular, están en todos los labios, como la oración
cristiana que musitan en quichua. Este mundo conceptual, ético y
estético, está siempre revestido de formas solemnes que recuerdan la
dignidad y el decoro coloniales, donde todo era juicioso y ordenado
como el enjambre en el colmenar.
Orestes Di Lullo La razón del folklore
Leyenda del Urutaú
En Santiago del Estero la leyenda del Cacuy es la más popular . Pero
antes haremos un paralelismo con otra muy similar : la del Urutaú .
La leyenda correntina dicen tiempos remotos una bellísima joven se
enamoró de un joven forastero, quien, luego de obtenidos su favores
le dijo que era el dios Cuarajhi (el sol en guaraní) y que debía
regresar al cielo. La noche se aproximaba y él debía partir. Ella
para poder seguir viéndolo se subió al árbol más alto, y desde allí,
mientras lloraba la desdicha de perderlo, se transformó en pájaro.
Leyenda del Cacuy
Dicen que en el monte vivían dos hermanos. Pero mientras el se
desvivía por atenderla y hacerla feliz, ella totalmente indiferente,
parecía gozar haciendo daño a su hermano. A veces , hosca y huraña,
lo privaba hasta del placer de su compañía. Un día ,cuando el volvía
cansado y sediento del monte, ella derramó el último bote de miel
que tenían. Harto de soportarla, la invitó al monte, a buscar un
nuevo panal que había encontrado. Ella (inexplicablemente) aceptó.
Al llegar a un árbol muy alto, él le dijo que debía taparse la
cabeza, pues había peligro si las abejas andaban cerca. Ella sumisa
y embozada, comenzó el ascenso antes que su hermano. Cuando llego
alo más alto del árbol, él, simulando que ascendía, fue bajando
mientras desgajaba totalmente el tronco. Cuando pasó el tiempo y
ella, quitándose la manta, se dio cuenta de la trampa en que había
caído, comenzó a llamar a su hermano;¡Turay!
Al verlo que se alejaba le gritó :¡Cacuy ...Turay! (detente párate
hermano).Pero él no regresó. Y mientras la noche envolvía al monte
con su manto de negrura, ella se convirtió en pájaro que gime,
llamando aún a su hermano.
Podemos preguntarnos: ¿y si el hermano –tan bueno y generoso-
requería los amores de su hermana? ¿Y si precisamente, para evitar
dárselos, ella se revestía de hosquedad y le daba motivos para
odiarla?. La hermana pudo tener presente el tabú sexual que la
sangre común le imponía, y no sentir como castigo el convertirse en
pájaro, sino mas bien una liberación .
Pero los paisanos, la gente común no hacen estas especulaciones.
Profundamente religiosa la gente ve el castigo a la maldad de la
hermana, y la leyenda sirve como un examen de conciencia a sus
relaciones fraternales. Menos prosaicas son las supersticiones que
hay en torno al pajarito que lleva su nombre. Como toda ave de
origen mágico, su canto anuncia lluvia y es señal de disputa entre
hermanos. También lleva en sí cualidades esotéricas: si canta en el
techo de la casa, preanuncia muerte.
Tanto en la leyenda del Cacuy como en la del Urutaú, hay una
alegoría mítica: la mujer abandonada que llora el alejamiento de su
compañero. El ave- mujer que con su gemido lastimero purgará
eternamente una culpa moral: el Urutaú, la liviandad con que aceptó
los amores de un desconocido; el Cacuy , la perversidad de la
hermana.
Tanto en la leyenda del Cacuy como en la del Urutaú, hay una
alegoría mítica: la mujer abandonada que llora el alejamiento de su
compañero. El ave- mujer que con su gemido lastimero purgará
eternamente una culpa moral: el Urutaú, la liviandad con que aceptó
los amores de un desconocido; el Cacuy , la perversidad de la
hermana. Leyenda del
Crespín
Cuentan que un día, estando el marido sumamente enfermo, doña
Crespina salió en busca de remedio. En el pueblo, luego de comprarlo
y mientras volvía al rancho, unos parientes la invitaron a una
fiesta. Para evitar hacer un desprecio, ella accedió, pero con la
intención de quedarse poco tiempo. Entusiasmada en el alboroto del
jolgorio, olvido la noción de las horas. Alguien le avisó que su
marido estaba muy grave, y ella pidió que le hicieran llegar el
remedio que tenía consigo. Excitada por el barullo y la música
continuó danzando. Mientras lo hacia llegó otro mensajero y le dijo
que su marido se estaba muriendo y la llamaba a su lado. Pero
indiferente a la urgencia del momento, ella continuo divirtiéndose ,
suponiendo que llegaría a tiempo. Hasta que llego alguien, vestido
de luto, para darle el pésame, pues su marido ya había muerto, e
invitarla a regresar a su casa :
-Hay tiempo para llorar- había dicho doña Crespina, y siguió
bailando.
La inapelable sentencia divina la condenó por ello a que eternamente
llorara el nombre de su esposo, convirtiéndola en un pájaro
nocturno. Por eso, todas las noches, un gemido quejumbroso expía esa
culpa llamando a su hombre: ¡Crespín! ¡Crespín!
Como vemos, la mayoría de estas narraciones populares tiene una
finalidad aleccionadora. Hay entre líneas un manifiesto mensaje
moral- religioso. Porque el Ser Supremo castiga a los culpables,
convirtiéndolos en feos pájaros nocturnos, que perturban el ánimo de
sus ocasionales oyentes con su silbos lúgubres o su fea aparición,
como es el caso del Yanarca o “ataja caminos”. Al igual que el
Crespín, ella corporiza también el arrepentimiento eterno, en lo que
recuerda lo que le paso al gaucho que no supo escuchar la voz de
Dios. La yanarca – de patas largas y de ojos grandes-vuela bajito,
al ras del suelo, mientras aparece y desaparece de la huella,
acompañando al caminante.
Pero así como Dios castiga la maldad también premia las virtudes. Y
si al culpable lo condena a las sombras de la noche, a los otros le
brinda la luz de la mañana. Si a los malos les elige oscuras plumas
y plañideros silbos, a los buenos les regala vistosos colores y
dulce canto. Tal es el caso de la Calandria , leyenda que es un
ejemplo para las madres desnaturalizadas.
Leyendas negras
El mal y su personificación suprema, el Diablo, también son
protagonistas de muchas historias y supersticiones populares.
El diablo santiagueño es Súpay, que puede adoptar diversas formas o
aspectos: desde el Duende Sombrerudo de las siestas infantiles, al
joven bello y rico de las jóvenes casaderas, pasando por el famoso
“huaira múñoj”, turbulento remolino del Malo.
Su hábitat natural es el monte, y allí se encuentra su mas pavorosa
corporización: el Toro-Súpay. La imaginación santiagueña lo ve como
un toro negro, de grandes fauces salvajes, gruesos dientes y ojos
que estallan en mil chispas de fuego. La mayoría de la gente no lo
ha visto, pero en la quietud de la noche sin luna, dicen haber oído
el resonar vibrante de sus pezuñas y el bufido tenebroso de sus
fauces sedientas de sangre.
Es creencia popular que el Toro Supáy anda cuando ha pactado con
algún campesino del lugar. El desdichado llevado por la avaricia,
accede a darle su alma y su cuerpo, a cambio de nutrida hacienda y
pródigas cosechas. Este secreto se evidencia a voces a la muerte del
avaro: no solo desaparece su cuerpo de la sepultura, sino también
toda su hacienda mal habida.
Las abuelas de las niñas casaderas nunca dejan de recordarles los
males que el Súpay les puede acarrear: Les cuentan que hace mucho
tiempo , un joven y enamorado matrimonio vivía en el monte. Era tan
tierna y dulce la esposa como trabajador y afectuoso su hombre. Un
día, al ver Súpay la belleza de la mujer, la deseo para sí. Entonces
transformado en un hermoso mancebo tocado de ricas vestimentas,
costoso apero y bello caballo negro, hasta ella. La donosa al ver
tan hermosa aparición quedó prendada de su belleza. Súpay le dio una
cita: esa misma noche una ave nocturna la guiaría hacía él. La pobre
mujer, embelesada ante la perspectiva de estar entre sus brazos,
acudió presta. Antes de partir Súpay le dijo que irían aun lugar
donde sólo hallarían placer, pero que antes debía dejar sus bellos
ojos en una ollita mágica. No debía preocuparse - le dijo-, al
volver lo hallaría más negros y brillantes. Y así, con la cuenca de
los ojos totalmente vacía, ella lo siguió.
A la mitad de la noche el marido despertó y al no encontrarla salió
a buscarla al monte. Andando , andando encontró la ollita mágica, y
en ella los ojos que tanto amaba. Seguro ya de la habían muerto fue
hasta su casa, para esperar el día y salir en busca del malhechor.
Antes del amanecer regresó Súpay con la mujer, pero al no encontrar
los ojos de la bella, huyó cobardemente. La muchacha, ciega como
estaba, anduvo a tientas por el bosque hasta que los primeros rayos
del sol le dieron muerte. U nos obrajeros que iban a trabajar
encontraron su cuerpo.
El marido, triste y dolorido, no tuvo paz sino hasta su muerte, pues
al llegar el día y mirar los ojos, de quien había amado tanto, pudo
ver el frenesí de locura y placer al que se había prestado quien
fuera dueña de su alma.
Nadie se salva del Súpay, ni siquiera los niños. A los changuitos
que no quieren dormir la siesta y prefieren salir a hondiar o a
cazar pajaritos, el Duende los espanta y les pega con su mano de
plomo. Algunos lo llaman Ckaparilo (en quichua, gritón), pues imita
perfectamente a todos los animales silvestres, aunque no se lo pueda
ver.
El Duende o Petiso suele ser muy “chinitero”.Le gusta merodear a las
jóvenes, obsequiándoles dulces a cambio de sus favores.
Leyenda de la Salamanca
Súpay y sus adeptos viven en la Salamanca. Esta es una cueva que
esta en la espesura del monte , allí donde se pierde la orientación
y el monte parece igual en todos los sentidos. Tiene una entrada
secreta, semioculta entre las breñas, guardada por feroces animales.
Hemos podido recoger dos versiones de la Salamanca: una que
suponemos es de origen hispano-aborigen, y otra que podríamos llamar
oriental, que las cuenta Alberto Gerchunoff en su obra “Fábulas del
antiguo Tucumán”. La primera dice: que a la cueva de la Salamanca
van quienes quieren hacer un pacto con el Diablo. Pero Súpay solo
acepta a los mas fuertes y corajudos, y es por eso que les impone a
los iniciados una serie de pruebas. En ellas probarán su apostasía
(deben escupir a Cristo y cachetear a la Virgen), su coraje (no
deberán sentir miedo mientras dure la iniciación) y su habilidad y
destreza física. Si el aprendiz de brujo logra superar todas estas
pruebas, recién podrá conocer los secretos de la magia negra y por
ende tendrá poder y riqueza.
En la Salamanca se vive un eterno jolgorio .Las brujas y brujos se
regodean allí en lujurioso frenesí. Allí se canta, se baila, se
encuentra toda clase de placer, allí donde no hay que temerle a
víboras, arañas, ni sapos, y donde hay un constante sonar de música.
En ella se da la eterna lucha por lograr su finalidad, aún cuando
pueda perecer en el camino. Llegar al centro del laberinto tiene su
premio: la sabiduría y el poder eterno. Pero el camino no es fácil,
está plagado de acechanzas. Y ese centro mítico tiene dos versiones:
puede ser la Salamanca, donde lo esperará el Diablo, o puede ser el
Paraíso, morada celeste de Dios.
Leyenda del almamula
Esta es una superstición muy arraigada, no solo en el campo sino en
la misma ciudad capital de Santiago del Estero.
Dice que el almamula es una mujer que vive en pecado: una mujer que
tiene como amante a su padre, o a su hermano o a su hijo, es decir a
alguien de su propia sangre. Una mujer que se revela ante la ley de
Dios, pues no siente vergüenza ni pudor alguno de sus amores.
Ante tamaña herejía el Señor la condena en vida a que vague por las
noches, convertida en mula, buscando quien la redima. Porque aún
siendo almamula puede salvarse, si encuentra un hombre corajudo que
le haga frente y le corte un pedazo de oreja, o le haga cualquier
incisión de la que brote sangre. La sangre del almamula y la
voluntad de reincidir en el pecado, pueden salvar a la mujer y a su
alma.
El ciclo del almamula tiene dos etapas: si el pecado es reciente,
puede salvarse. Pero si ya pasó mucho tiempo y nadie la hirió,
lamentablemente se pierde.
Es creencia popular que el almamula sale los martes y jueves,
especialmente cuando hay viento del sur o cambio de tiempo y siempre
después de las 12 de la noche. En su primera etapa es como un
burrito pequeño, que a veces suele venir alado “en la punta del
viento”. El almamula grita .Y ese grito eriza la piel y pone miedo
en el alma de quien escucha, pues su grito resume la desesperación y
la locura. Quien desea salvarla debe preparar un cuchillo y
esperarla (cuchillo porque es de acero , y además tiene cruz entre
el cabo y la hoja). Dicen que ella sabe cuando alguien la espera
para herirla, y grita aún mas fuerte para atemorizar a su salvador,
y a la vez poner a prueba su valentía. Si el hombre no muestra
signos de miedo y se le acerca resuelto, ella baja la cabecita y se
queda quieta para que la corten: es como un ritual, se necesita que
derrame sangre para lograr su purificación, su absolución.
En cambio el almamula vieja es mala, agresiva y goza haciendo daño.
Una característica que la distingue de la anterior es que echa fuego
por la boca, y que de ella penden gruesas cadenas que va
arrastrando. Además su parte trasera es hueca. Dicen en el campo que
su instinto animal se manifiesta ante las majadas: ataca a los
indefensos corderos y los mata, comiéndole únicamente las vísceras.
Al almamula condenada no se la puede redimir. Si alguien la hiere,
aunque sea levemente, la mujer enferma y muere, sin que la ciencia
pueda salvarla.
Leyenda de la “Telesita la llamaban, y era la danza hecha
carne...”
La ternura popular la apodó Telesita, aunque no faltó quienes le
dieran nombre y apellido para certificar su existencia.
Cuenta la leyenda que vivía en la espesura del monte, del cual salía
al escuchar los acordes melodiosos de la música. Sola, descalza y
desgreñada llegaba y se ponía a bailar. Bailaba sola, embriagada en
el delirio de la danza. Al amanecer partía siempre sola, rumbo a su
monte familiar.
En una fiesta no apareció. Los paisanos extrañados salieron en su
búsqueda. Sólo encontraron su cuerpecito calcinado por las por las
llamas.
Murió joven, casi una. Y desde ese día los paisanos la recordaban en
todas sus fiestas. La recordaban de la manera que a ella le gustaba:
bailando y cantando, disfrutando de la vida. ¡Quién sabe cómo nació
su culto...!
Tal vez por casualidad, tal vez fue el destino, pero el pedido se
cumplió.
Y poco a poco el baile fue tomando su nombre. Y había más gente que
pedía. Que pedía lluvia, que pedía encontrar un animalito perdido,
pedía por su salud deteriorada, pedía todo en el fragor del baile.
Del baile mágico, porque tiene un toque cabalístico, ya que el
promesante debe bailar siete chacareras y tomar él y su compañera,
después de cada vuelta, una copa de vino o licor, que si llegara a
sobrar los únicos que pueden beberla son los músicos.
Finalizado el baile se quema un muñeco de paja que la representa, y
que durante toda la fiesta está colgado en el alero del rancho, con
una cortinita blanca detrás. Y aquí nuevamente están presentes los
símbolos: el blanco de su pureza y virginidad; el fuego: su
martirio, su purificación y a la vez el elemento que la deificó en
la creencia .
Otras creencias paganas
Son aquellas, que están arraigadas en
la memoria de la gente no solo del campo, sino también de aquellos
de la ciudad.
Cuentan que había una vez un cieguito bueno, apodado “Carballito”, a
quien con viles engaños, unos forasteros lo extraviaron del camino y
le dieron muerte.
Hasta allí la narración no pasaría de una crónica policial. Pero la
mística popular, crédula y pura le da un final distinto: cierto
caminante, agotado por la sed en un día de verano, vio un hilillo de
agua pura atravesar casi el camino. Adentrándose unos pasos en el
monte, para buscar la fuente, descubrió el cadáver de “Carballito”.
Habían pasado varios días desde su homicidio, pero como en el
milagro de Berceo el muerto tenía “lengua fresca, como una manzana”.
En ese mismo lugar le dieron sepultura, y a su cruz de madera
llegaron las oraciones y “santiguas” de los ocasionales viajantes. Y
según dicen, también los milagros...
Al igual que Carballito, otro que tuvo una muerte violenta es El
Linyerita. Su cruz está al norte de la principal avenida de nuestra
ciudad. Quizás su historia vulgar, pero con su final trágico y al no
tener parientes (como en el caso de la Telesita ), la comunidad los
enterró y a su cruz fue a pedir “gracias” o favores y a encenderles
velas.
Habrá sido la fatalidad o la providencia, lo cierto es que muchos de
esos favores fueron “concedidos”, y allí comenzó a gestarse una
especie de canonización no eclesiástica, sino popular.
Lo cierto es que están allí, y como dice la canción, “siempre han de
tener una velita prendida”
Incluso aquí mismo, en la ciudad camino al cementerio, una cruz de
madera rodeada de incontables velitas, ropa usada, y heterogéneos
objetos llevados para cumplir “la promesa”,testifican su vigencia.
Cabe destacar un hecho acaecido el año 1987 en la provincia , y
mantuvo en vilo a la población: un par de niños se extravío en el
monte. El padre, amigos y policías lograron dar con el paradero de
uno de ellos. Múltiples conjeturas se tejieron en torno a este
hecho.
En una nota de El Liberal, ante la angustia y desazón que tal
circunstancia producía, un lugareño estimó que al otro niño jamás lo
encontrarían: “se lo ha llevado la Madre del Monte – dijo -, enojada
por que el padre había casado más de lo que necesitaba ...”
Son hechos sociológicos digno de mención, porque como vemos, nuestra
gente, en las dolorosas angustias, propias de nuestra condición
humana, vuelve a las fantasías, a las ficciones, en cuyos términos
da sentido a la vida. Sondea en lo profundo en lo misterios
ancestrales que encierran sus leyendas y sus mitos. Y a veces, ellas
lo alivian de la ansiedad de no saber bien quién es. |
|
|