Noble y leal ciudad

 
 

La Cultura

 
 

Personalidades de Santiago del Estero

   

Peregrino del espíritu
DOSSIER - Julio Carreras
 

Por Martin Brao
mbrao@elliberal.com.ar
 

Extraído del diario El Liberal

En sus últimos años, Julio Carreras se había dedicado a recoger pensamientos de grandes autores, desde el rey Salomón hasta Bertrand Russell, para publicarlos en un libro. “¿Qué puedo decir yo que no se haya dicho ya, y seguramente mejor?”, afirmaba 
Julio Carreras
con extrema humildad. Y sus pensamientos, también intercalados entre los de los grandes, en la selección, carecían de firma, o en algunos pocos casos, apenas unas iniciales: J.C.
A días de su fallecimiento, el dossier de hoy ha seleccionado para mostrar estos textos sobrevivientes de este referente de la literatura de Santiago. Algunos de estos escritos, como en la narración rememorativa, tienen la frescura de páginas sin ánimo de publicación, en las cuales se percibe tal vez con mayor fuerza el talento literario de un escritor.

Textos de Julio Carreras

Camino Espiritual
Extraído del libro “Tríptico de Amor”.

Mi vida en el pecado ya es pasado
Lejos de Ti, de culpas remordido
Cerca de Ti, Señor, cuánto he llorado,
Llamando a tu silencio, arrepentido.
Como el hijo perdido que ha tornado
Después de larga ausencia entristecido
Tan por siempre en mi pecho conmovido
Irá latiendo un corazón sangrado.
Si por haberme amado me has herido
Y al verme herido mucho más amado,
Quiero dar por perdido lo ganado
Y por ganado todo lo perdido.
Pues que andando en tu amor todo es cambiado
Hoy tengo por gozado lo sufrido
Y tengo por sufrido lo gozado.

La “inmolación” de Pichicho
Por Julio Carreras - Texto inédito, escrito el 21 de octubre de 2004, para el cumpleaños Nº 80 de su hermano Agustín.
En aquel tiempo vivíamos en el campo, tendríamos unos 8 o tal vez unos 9 años. Desde siempre fuimos inseparables. Recorríamos juntos los senderos, escrutando las copas o los troncos heridos por el tiempo, afinando nuestros sentidos para descifrar algún signo de la presencia de un panal o acaso de un nido de perdiz cuyos huevos eran además de comestibles, bellos.
Pero aquella mañana, por alguna razón, me quedé con mi madre. Y ellos -Agustín, nuestra hermana mayor Pura y una tía paterna de nombre María-, fueron tal vez en busca de leña mientras compartían el gozo de la primavera. Ambos hermanos teníamos cada uno su perrito. El suyo se llamaba Pichicho. El mío, Soldadito. Es sabido que los seres humanos preferimos lo que de algún modo se nos parece. En este caso, Pichicho era de pelaje negro, rechonchito, o digamos “retacón”, palabra que mejor traduce su lejana figura redondita y graciosa. En cambio soldadito era fino y delgado, de pelaje dorado, colita enhiesta y hociquito zorral. Siempre andaban juntos, eran como dos hermanos.
Aquella mañana, decía, Pichicho fue con Agustín. Y ambos vivieron esta pequeña historia.
Explorándolo todo, dieron con una cueva. Cuando un perro huele, su olfato percibe de inmediato la presencia de un ejemplar ya sea de iguana, de mulita o quirquincho, en fin, o de otra especie que pudiera estar en el fondo de la cueva. Esta vez, Pichicho mostró todos los signos de excitación que provoca la presencia de una posible presa. Y empezó a cavar y cavar como lo hacen ellos metiendo casi en forma rítmica su hocico como sonda olfativa, tratando de captar la distancia que aún lo separaba para alcanzarla. Entretanto Agustín arrodillado y anhelante alcanzó a separar por un instante al exaltado cuzco para introducir la mano en la cueva y tratar de asir la posible mulita. Sin embargo, pasaba algo extraño. De vez en cuando había escuchado un raro sonido como si sordamente se agitara en el fondo invisible una misteriosa maraca, pero él no alcanzaba a comprender la señal fatídica. Y metió por segunda vez la mano, pero no lograba tocar nada. El cachorro siguió cavando entre respingos olfativos igualmente acuciado por el deseo de apresar de una vez la alimaña escondida. Y sucedió de pronto. El buen Pichicho dio un brusco salto instintivo acompañado de un gruñido mezcla de terror, dolor y angustia, mientras asomaba del hueco oscuro la cabeza erguida, bíblica, arrogante y ominosa de una serpiente de cascabel cuyos colmillos se habían clavado sobre el labio superior del perrezno.
Ante el grito de Agustín y el agudo rezongo de Pichicho, corrieron tía y hermana en auxilio. Tía era una mujer de aquellas templadas en la vida del campo. Al ver que el animal había sido mordido, apartó a todos del peligro, lo levantó en brazos y volvió a las casas rápidamente sintiendo en el camino los primeros espasmos que provoca el veneno.
Y bien, ¿qué pasó? Pues Pichicho estaba ya bajo el cuidado de ese poder (¿providencial?) que llaman “sabiduría del monte”. Las abuelas y las madres del campo viven constantemente la epopeya de su maternidad sin otra ayuda que la sapiencia infusa que aún gotea en el tiempo de los odres de antaño. La supervivencia del habitante en la selva, bajo una choza hecha de troncos y de ramas, de pajas y de tierra, es otro signo sensible de que por encima de todo ondula, perpetua, la armonía de la Providencia.
Pichicho mostraba una gran hinchazón que iba invadiendo su cuerpo y sus pupilas acusaban ya un brillo premonitorio. Las manos de la tía prepararon una mixtura compuesta sobre todo con ajo triturado y vimos cómo la introducía en su boca obligándolo a tragar las dosis enervantes. Y pasaron los minutos y pasaron las horas. El perrito permanecía inmóvil, respirando, con los ojos cerrados. Después vino el milagro. Pichicho quiso erguir la cabeza y menear su entornada cola.
Al día siguiente ¡increíble! Pichicho vivía y al parecer ya estaba fuera de peligro. Los chicos y también los grandes, celebramos juntos su regreso a la vida.

Moraleja: Aquel cachorro bueno recibió en su cuerpo la toxina mortal interponiéndose entre la serpiente y la mano del amo al que amaba tanto. De ese modo, ofrecía su vida misma en holocausto. Quiso entregar su vida para salvar la de aquel niño cuyo nombre repetimos esta noche, 80 años después: se llamaba Agustín.
 
Facetas de una personalidad excepcional
Por el Dr. Gustavo Carreras - Docente de la Unse
 
Julio junto a su esposa Mercedes Silvetti y dos de sus hijos María de los Ángeles y Paulo.
Julio Carreras nació el 25 de julio de 1928 en La Noria, poblado cercano a la actual ciudad de Loreto, hijo de Brígido Carreras y Corina Coria. Fue el último de cinco hermanos. Su infancia transcurrió en el medio rural, entre la pobreza y el sacrificio de sus padres y la belleza de una naturaleza agreste, poblada de animalitos silvestres y la música de los pájaros. El paisaje de su infancia permanecerá en lo hondo de su memoria.
De niño se destacó por su talento. Su mente lúcida y su fina sensibilidad eran un potencial que se iría desarrollando con el tiempo, en la forma de sucesivos círculos cuya trayectoria iría del exterior al interior. Siendo ese interior un fondo profundo cuyo centro de gravedad se había desplazado de la tierra hacia lo alto. Intentaré describir en forma breve ese itinerario.
Un joven brillante. Pocos datos puedo consignar de este aspecto de su infancia. Él prefería reírse de su pobreza antes que jactarse de sus logros. Fue un estudiante excelente, abanderado en la escuela primaria y secundaria. La providencia quiso que consiguiera un trabajo en la biblioteca Alberdi, ubicada en su barrio. “Leí todo lo que pude”, recordaba, desde Aristóteles, Vargas Vila, Ortega y Gasset, Rubén Darío hasta Carlos Marx. Algunas anécdotas de sus condiscípulos trazan un cuadro aproximado de esa época. Entre ellos el profesor Alcaide, quien destacaba “Julito era el poeta... pero... ¡poeta de los grandes!”. Y el actor teatral Justo José de Rojas recordaba, “a Julio los profesores lo pasaban al frente para que diera la lección, porque cada lección de él era una clase” y con asombro expresaba... “una vez, en la clase de Literatura desarrolló una exposición sobre el Quijote y ¡transcribió de memoria párrafos enteros en castellano antiguo!”. Su brillo alcanzó un momento de esplendor cuando ganó el concurso de poemas a la reina de la primavera, concurso en el que habían competido los poetas más talentosos de ese momento.
Junto a su calidad literaria desarrolló una gran habilidad oratoria, lo que sumado a su modo de vestir al modo de los divos de la época, le dieron un áurea de estrella local. Era la época de la radiofonía, el actor de radioteatro equivalía al actor de TV de la actualidad. Lo mismo valía para el locutor. Él trabajaba en la radio conduciendo programas muy escuchados. Cada uno de ellos meticulosamente preparados... “sus brindis de fin año nos estremecían hasta las lágrimas” recuerda la gente.
 
Julio Carreras tomando la Comunión de manos de su hijo, recién ordenado sacerdote (1978).
Magisterio y compromiso. Su personalidad destacada le valió que luego de algunos años de maestro de grado en escuelitas rurales, sea trasladado a la ciudad, en donde desarrolló una amplia labor educativa. En el año 1960 creó la Dirección de Cine y Radio escolar, de la que fue su primer director.
Su pensamiento pedagógico quedó expresado en entrevistas, programas radiales y sobre todo en el Boletín y la revista que creó y dirigió desde el año 1971, con los nombres de Boletín de Información Educativa y Santiago Educacional.
En una amplia entrevista publicada el año 1964, él consideraba que nuestra provincia había quedado rezagada respecto de la renovación pedagógica producida en el mundo. Entre nosotros “una espantosa burocracia... ahogaba las grandes iniciativas”. En este contexto, la máxima responsabilidad cabía a los funcionarios gubernamentales, a quienes caracterizaba como prisioneros de la “herencia de un pasado tiránico con el cual no se atreven a romper”. Los responsables de las políticas educativas parecían no haber comprendido la nueva realidad de nuestro tiempo, y los exhortaba con frase de Mac Millan “hagamos del pasado un trampolín, no una cama”. Enfatizaba, “los último últimos cincuenta años han sido de un extraordinario desarrollo técnico y científico. Nuestra enseñanza ni si quiera se ha notificado de ese proceso. ¿Un punto de referencia? Las técnicas audiovisuales. En los grandes países sus elementos van hacia la educación y los presupuestos oficiales así como los esfuerzos de las instituciones privadas se encaminan hacia nuevas búsquedas en su campo, pues aspiran a nivelar los recursos de la educación con los que cuenta la industria y el comercio para sus fines no educativos y que tanta efectividad demuestran en la formación de los hábitos de las masas”.
Él propiciaba una reforma educativa que no pase por un mero cambio de programas. “No es el maestro un instrumento del programa, sino al revés”. Por tanto la prioridad pasa, a su juicio por un cambio de mentalidad, de actitudes y habilidades del docente. El problema es que el docente santiagueño, mal pagado, ha vivido peleando por su subsistencia. Ese estado psicológico inhibe las inquietudes renovadoras. Él percibía resistencias al cambio y apostaba a producirlo centrando su acción directamente en las comunidades. Consideraba que la situación de postración del campo santiagueño requería esa presencia directa del organismo en el medio rural, “de ese modo podemos ayudar al maestro, ayudar a las instituciones sanitarias, pero sobre todo a los habitantes del campo a quienes no alcanzan los programas oficiales”. En ese período de su gestión, formó un pequeño equipo y se dedicó a visitar escuelas y les llevó películas, les explicó a los docentes el uso de los recursos audiovisuales, y en muchos casos grabó entrevistas que usaría luego en sus programas radiales. El maestro interior. Esa etapa de reflexión acción en búsqueda de una educación liberadora, fue también de profunda meditación y oración. Él no creía en la violencia, Cristo es amor y el cambio exigía la formación del hombre nuevo. Hombre de pensamiento y acción fue implementando distintas propuestas para el logro de ese objetivo. Una de ellas fue su “Escuela del Amor”, curso que desarrolló a través de la radio. En el texto que preparó para una de sus audiciones podemos leer “Dios quiso que tu destino esté ligado a la misión de enseñar, y puso a niños y adolescentes en tu camino. Cuando entres en el aula, míralos, cada uno de ellos busca tu mirada. Qué felices serán si les sonríes y los saludas en forma cordial... Haz que vivan el gozo de tenerte, de estar contigo, de que los escuches y les hables, los comprendas y los ames”. El texto es largo, la enseñanza central es la de fortalecer la relación pedagógica, docente alumno mediante el amor pedagógico. “Si la única herramienta que tienes es un martillo, tenderás a tratarlo todo como si fuese un clavo”... “si has cultivado tu mente y tu corazón tus herramientas no podrán ser otras que la comprensión y el amor”.
Esta pedagogía del amor rompe con el modelo autoritario, con la competencia como medio de favorecer la eficacia, en su lugar propone educar a través de la organización de acciones solidarias. Es una pedagogía del respeto por la singularidad del otro: “No pretendamos hacer del educando lo que nosotros creemos que debe ser. A cada uno tenemos que ayudarle que sea él mismo”. Creía en la pedagogía del estímulo: “Los educadores no somos capataces, tampoco sargentos. Educar no es vivir en el aula señalando nada más que los errores y los actos de indisciplina... lo importante no son las notas. Hay algo mejor, ¡que los chicos aprendan!”.
La educación debe superar el individualismo egoísta y favorecer el sentido del “nosotros”. Comentando el Padre Nuestro decía: “Cuando John Donne escribe aquel poema, todos lo saben... No preguntes por quien doblan las campanas. Cada uno, es una parte de todos, cuando muere uno, muere una parte de todos... entonces no preguntes por quien doblan las campanas... doblan por ti. Al mismo tiempo, acota, suena una esquila, ha nacido un niño... viene un rayo de luz que engasta en tu corazón, en mi alma, hay otra palpitación, otro latido, que acaba de incorporarse a la sinfonía del espacio. El hombre es infinito... somos una continuidad, una cadena, que está pendiendo en lo infinito”.
La última foto. Cuando nada hacía pensar aún en su fallecimiento, con su hijo mayor, Julio, también escritor y a la izquierda de la imagen Aroldo Carreras, su sobrino, cantor.


A medida que iba avanzando en años iba entregando su vida a Dios. Por momentos resultaba un poco chocante, últimamente casi no hablaba de otra cosa que de Dios y su amor. Se levantaba muy temprano y pasaba mucho tiempo orando. A lo largo del día santificaba el tiempo, parando en las horas establecidas por la liturgia, para consagrar lo que en ese momento estaba haciendo. En su lecho de enfermo terminal, torturado ya por el encarnizamiento terapéutico, mantuvo la dignidad... no se quejaba, confiaba más en Dios que en el cirujano. El círculo se cerraba, lejos quedaría aquel brillo exterior de su juventud, ahora la antorcha era su alma. Postrado allí impartía su gran lección: “Para mí el vivir es Cristo y la muerte una ganancia”.
¡Él vive, sí! En el cielo y en la tierra... ¡cuantos sentimientos de él viven en nosotros! ¡Cuántas ideas, cuántos criterios, cuántos gestos! Estaba preparando un libro, como su última ofrenda: Mil pensamientos. Perlas de lo mejor de la humanidad que él había recogido. Perlas que él aplicó en su vida y que se resumen en un solo mensaje: “Ámense unos a otros”.

 

 

Cultura (Información periodística sobre su fallecimiento, el 5 de febrero de 2007)  
FALLECIMIENTO | Murió a los 78 años
Último adiós a un exponente de la literatura de Santiago: Julio Carreras
Luego de que su organismo no resistiera cinco difíciles operaciones en el transcurso de veinte días, el pasado lunes falleció en Buenos Aires el escritor santiagueño Julio Carreras.
Julio Carreras se destacó en las letras, lo que llevó a convertirlo en un referente de la literatura de Santiago del Estero.

Laico absolutamente consagrado en sus últimos años, vivía prácticamente “en el cielo”, ejerciendo como ayudante del párroco local y en su vida cotidiana de viudo, con disciplina monástica junto a tres hijos varones.
Había nacido en La Noria, Santiago del Estero, el 23 de julio de 1928. Dotado de un talento magnífico, brilló desde los 18 años -edad en que obtuvo el título de Maestro con medalla de oro- por su elocuencia y dones de poeta.

Junto a su familia se adhirió al peronismo desde su origen, razón por la que padecería persecuciones durante gran parte de su vida.
En 1958 -a los 30 años- creó la Dirección de Cine y Radio del Consejo General de Educación. Con un proyector de 18 Mms. obtenido en donación de la Embajada de Alemania y la película Shunko, donada por Lautaro Murúa, recorrió el campo santiagueño hasta sus lugares más inaccesibles.
Junto a César Suárez -chofer, técnico y operador de proyección-, se internaban en la “estanciera” del Consejo de Educación por caminos anteriormente transitados sólo por zorras o carros transportando carbón.
En pocos años, la Dirección de Cine y Radio llegó a poseer una variada colección de películas, provenientes de casi todas las embajadas europeas. Con frecuencia las personas que las veían hacían con esto su primera experiencia ante el cine. Jamás antes habían visto una película.
Hacia 1969 creó el Boletín Educacional que se convertiría muy pronto en “Santiago Educacional”, revista de distribución masiva entre los docentes, que se convertiría en un hito sin precedentes para nuestro medio. Para entonces la Dirección de Cine y Radio se había convertido en Dirección de Servicios Técnicos Educacionales, ampliando su personal y comenzando a incorporar profesionales universitarios.
En 1973, y debido a un número especial de la revista dedicado a homenajear al Gral. Perón por su fallecimiento, fue duramente cuestionado por el jefe del Regimiento local, teniente Coronel Pizarro, quien consideró el contenido de ese número como “subversivo”. Se lo hizo saber al gobernador de la provincia Carlos Arturo Juárez, quien determinó de inmediato la clausura de la publicación. Poco tiempo más tarde, en 1975, tuvo que padecer la cárcel durante seis meses. Para detenerlo se apeló a una torpe excusa: “confusión de nombres”, debido a que su hijo homónimo militaba por entonces en una organización revolucionaria de izquierda.
Con otra argucia se lo despojó de su cargo, obtenido por legítima carrera profesional y desempeñado con excelencia insuperable, como se podrá fácilmente comprobar después. De tal manera, durante todos los años de la dictadura militar tuvo que subsistir atravesando duras situaciones económicas, junto a su segunda esposa Mercedes Silvetti, y los seis pequeños hijos que fueron naciéndoles en ese difícil tramo de sus vidas.
Finalmente, el mismo Carlos Arturo Juárez fue quien le restituyó su cargo directivo, en la misma institución de la que fuese fundador. Más tarde, ya durante el gobierno de César Eusebio Iturre, fue designado asesor de Cultura del gobernador. Fue en esta circunstancia cuando accedió a su jubilación.
Dedicó desde entonces todos sus esfuerzos a la vida consagrada, atendiendo bajo dirección sacerdotal y diariamente a numerosos pobres y carecientes, tanto en el plano económico -cosa que hacía con su propio peculio- como en el espiritual ya que llevaba la comunión a su domicilio a personas que no podían trasladarse por enfermedad o vejez.
Sus últimos momentos los transcurrió con lucidez, serenidad y entereza envidiable. Jamás dejó de invocar a la Virgen María, a quien consagraba cada minuto de su vida.

 

 

         
       

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