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“Madre
de Ciudades”

Breve introducción
La historia de la colonización y fundaciones de pueblos en lo
que hoy constituye nuestro territorio nacional, y de modo especial
el norte y centro argentinos, es tan interesante como discutida en
ciertos aspectos que aún hoy se prestan al debate.
Desde luego que existe un sinnúmero de probanzas, actas capitulares,
testimonios epistolares, crónicas y una variada gama de textos y
documentación depositados en importantes archivos, que permiten
recoger con fidelidad los hechos de aquel entonces, además de
profundos y ponderables estudios de conspicuos historiadores que nos
han allanado el camino para conocer lo más acabadamente posible
nuestro pasado. Sin embargo, también se da el caso de que no siempre
existe -o no se ha encontrado- la prueba precisa para dilucidar
acontecimientos de fundamental importancia que permanecen en el
terreno de la duda, la conjetura, la deducción o la falta de prueba
en contrario que dan pie a encontradas interpretaciones históricas,
cada una de ellas con su razonamiento o lógica de sustento.
Desde luego, la historia es irrefutable cuando ofrece documentación
fehaciente. No obstante, hay hechos en la historia no siempre
documentados como debió o debiera ser, pero sí consumados de tal
modo que a partir de ellos se generaron
procesos de consubstanciación y evolución que les dieron el carácter
de irrevocables.
El nacimiento de la ciudad de Santiago del Estero en 1553, es un
hecho que continúa prestándose a la discusión en la actualidad por
las singulares características que lo rodearon. “Fundación” o
“traslado” de la ciudad es el tema que ha dividido siempre la
opinión de historiadores y estudiosos.
Como se sabe, en 1952, la Academia Nacional de la Historia,
dictaminó que el capitán Francisco de Aguirre fundó la ciudad de
Santiago del Estero el 25 de julio de 1553. Fallo basado en citas
documentadas, pero carente de un acta fundacional o documento
preciso de aquel entonces que diera fe del hecho trascendente, como
lo fue, por el contrario, el hallazgo en el Archivo Nacional de
Sucre (Bolivia) de parte del acta de fundación de la Ciudad del
Barco en su primer asentamiento, efectuado el 29 de junio de 1550
por Juan Núñez de Prado.
Desde luego, existen referencias posteriores de los cabildantes de
Santiago del Estero acerca del establecimiento de ésta ciudad
realizado por Francisco de Aguirre. Pero las mismas datan de muchos
años más tarde y, en todo caso, con citas que dieron lugar a
sostener tanto el 25 de julio como el 23 de diciembre de 1553 como
fecha fundacional.
No obstante, las aseveraciones de mayor peso para determinar la
fecha del último traslado de la Ciudad del Barco y nacimiento de
Santiago del Estero, tuvieron por sustento las actas capitulares de
1590 que daban cuenta que el 25 de julio de 1553, Francisco de
Aguirre “mudó esta Ciudad (del Barco) e le puso por nombre
Santiago”. Otras actas capitulares de 1700 y 1774 aludían a esa
fecha como la de la “fundación” de la ciudad.
Lo cierto es que Santiago del Estero, a partir de entonces quedó
asentada definitivamente y sin revocatorias posteriores que pudieran
torcer lo actuado por Francisco de Aguirre. Aún teniendo en cuenta
que en 1555 la Audiencia de Lima mandaba reponer como gobernador a
Núñez de Prado, de quien -misteriosamente- nunca más se supo nada,
pues también cabe señalar que en 1563, Francisco de Aguirre fue
nombrado gobernador por el virrey del Perú, Diego López de Zúñiga y
Velasco. Por otra parte, el 19 de febrero de 1577, el Rey Felipe II,
le concedió a Santiago del Estero un Escudo de Armas y el título de
“Muy Noble”, lo cual bien podría sostenerse como una confirmación
institucional de la nueva ciudad que sucedía a la del Barco 3º. No
obstante, se sostienen argumentos en contrario que apuntan a
restituirle los méritos fundacionales a Juan Núñez de Prado.
El comienzo de la gesta
fundacional
Hablar de lo que significó la conquista y colonización del Nuevo
Mundo, es entrar en uno de los procesos más trascendentes,
apasionantes y cargado de implicancias de la historia de la
civilización.
El descubrimiento de nuestro continente por parte de España, más
allá de todo lo que significó en lo que hoy se da en llamar “el
encuentro de dos mundos”, por lo que Europa le dio a América y lo
que América le dio a Europa, también trajo aparejado -sin entrar a
considerar el sentido esencial de la conquista- el enfrentamiento de
hombres que pugnaban por ensanchar sus dominios.
La conquista del Perú marcó uno de los capítulos más dramáticos en
este aspecto. Conocidas son las sangrientas luchas civiles que
sostuvieron Pizarristas y Almagristas por la posesión de dominios y
concepciones opuestas en la empresa que sostenían.
Las primeras expediciones al Tucumán
Según la historiografía publicada, en 1527, Sebastián Gaboto, que
había fundado en el litoral el fuerte de Sancti Spíritu, envió una
reducida expedición a la región llamada Tucumanahao (en alusión a un
cacique indígena de nombre Tucma), regresando al poco tiempo sin
novedades acerca de lo que buscaban encontrar: una tierra de
riquezas con fabulosos tesoros de la que se hablaba y había
despertado la ilusión de los conquistadores españoles desde su
llegada al Nuevo Mundo.
Inmensa región la del Tucumán, Juríes y Diaguitas. Se la concebía
entonces, aunque aún imprecisamente, desde el extremo sur del Perú y
de la actual Bolivia hasta lo que es el norte de Córdoba, y desde
Chile hasta el Río de la Plata. Es decir, abarcaba un extenso
territorio en el que hoy se encuentran las provincias de Jujuy,
Salta, Tucumán, Santiago del Estero, Catamarca, La Rioja y norte de
Córdoba.
En 1535, esta vez desde el Cuzco (Perú), otros hombres encabezados
por Diego de Almagro, también penetraron en esa vasta región para
explorarla en una imprecisa como infructuosa búsqueda del País de
los Césares, El Dorado, Linlín, Trapalanda, Yungulo o las Sierras de
la Plata, según las diferentes denominaciones que se le daban a esa
tierra prometida.
Esta fue la más imponente expedición de la entrada (400 soldados
españoles y 20.000 indios auxiliares, nos dice el historiador
santiagueño José Néstor Achával) que recorrió el camino del Inca,
ingresando en 1536 a la región del Tucumán por el extremo norte de
la actual provincia de Jujuy (se dan como posibles la Quebrada de
Humahuaca, San Antonio de los Cobres y la Quebrada del Toro), cruzó
la cordillera
hasta Chile y regresó al Perú por el camino de la costa del Pacífico
y el desierto de Atacama, sin encontrar lo que esperaban.
La entrada a lo que hoy es Santiago del Estero
1543 sería el año en que una expedición española entrara por primera
vez a tierras santiagueñas.
Al margen de las distintas interpretaciones que le dieron los
historiadores a la entrada del capitán Diego de Rojas a la región
del Tucumán, más precisamente a lo que hoy constituye el territorio
de Santiago del Estero, en el sentido de si buscaba con intención
avanzar por esa línea geográfica hasta encontrar el Río de la Plata
y descubrir la Patagonia, o si se debió a una causalidad de desviar
el rumbo en un lugar llamado Chicoana en el Valle Calchaquí,
desistiendo de seguir a Chile por entender que la ruta del Tucumán
era muy poblada y rica en alimentos, lo cierto es que en diciembre
de 1543, bajando del Aconquija, pasó por las actuales localidades
tucumanas de Tafí, Concepción y Graneros, llegó hasta el sur de
Catamarca y entró a nuestra actual provincia por las sierras de
Guasayán.
Las versiones en cuanto al punto de entrada a nuestra provincia de
Diego de Rojas, tanto como el lugar donde se enfrentó con los juríes
y fue alcanzado por una flecha envenenada, como así el sitio de su
muerte pocos días más tarde, varían entre Maquijata -algún otro
lugar cercano comprendido entre los departamentos Guasayán y Choya-
y Salavina. No obstante la carencia de datos exactos en este
sentido, su trayecto final, desde la infausta escaramuza hasta su
muerte, comprende las localidades citadas.
Como paradoja del trágico fin que encontró para su vida Diego de
Rojas, cabe señalar que uno de los propósitos que animaron a este
capitán de la primera entrada a nuestro territorio santiagueño -que
se había caracterizado siempre por su buen trato con los indios- era
llevar el signo de la evangelización y el acercamiento con los
nativos.
Francisco de Mendoza y Nicolás de Heredia sucedieron en las marchas
por la región del Tucumán a Diego de Rojas en el regreso de la
expedición al Perú, donde aún se registraban enconadas hostilidades
por el dominio del Cuzco, tras el trágico fin de los principales
protagonistas de la conquista.
Entre 1540 y 1546, año éste último de retorno de los expedicionarios
de Diego de Rojas, un cúmulo de acontecimientos de relevante
magnitud hacían del Perú el escenario más candente de la conquista.
Francisco Pizarro se enfrentaba a las huestes de Diego de Almagro, a
quien hiciera ajusticiar, pero siendo luego derrotado y muerto por
los partidarios de Diego de Almagro hijo, en 1541. Poco
después, éste era ajusticiado por orden de Cristóbal Vaca de Castro,
elegido por Carlos V para gobernar el Perú tras la muerte de
Pizarro.
También por entonces, en ese intrincado y cruento escenario de la
conquista, los hermanos de Francisco Pizarro, Gonzalo y Hernando, se
rebelaban contra Carlos V y tomaban en sus manos la decisión de
condenar a muerte al virrey Blasco Núñez de Vela -designado en 1544-
en desacuerdo con las medidas que había implementado, entre ellas,
de quitar beneficios de encomiendas. Sin embargo, el cometido del
Rey para restablecer la paz en el Perú, comenzaría a tener efecto
con el nombramiento del sacerdote y licenciado Pedro La Gasca como
Presidente de la Audiencia de Lima.
Cabe acotar que no debe tomarse a las guerras civiles que tuvieron
lugar en el Perú como un indicativo excluyente de los fines que
animaban a aquellos hombres que descubrían un nuevo mundo. La
colonización por parte de España -a diferencia de otras naciones que
lo hacían entonces y lo hicieron con posterioridad en diferentes
partes del mundo subyugando y esclavizando-, tuvo un sentido
misional y cultural que la caracterizó y colocó por encima de otras,
permitiendo -por ejemplo- el casamiento entre españoles y
aborígenes, la igualdad jurídica y social del indio con el blanco,
el dictado de numerosas ordenanzas en ese sentido, un evangelio
cristiano para practicarlo en común, la creación de iglesias,
escuelas y universidades, además de la enseñanza de diversas artes y
conocimientos dirigidos al enriquecimiento espiritual y humanístico
y, desde luego, el esfuerzo para la organización territorial y el
crecimiento productivo.
Fundación de la Ciudad del Barco
Pizarro y Almagro en el Perú, y Pedro de Valdivia en Chile, llegaron
a ejercer en su momento los mayores dominios españoles en la región
andina de nuestra América del Sur. De lo que fue la Audiencia de
Lima y el Virreinato del Perú, y de la Gobernación de Chile,
partieron las corrientes expedicionarias que llegaron a nuestro
actual territorio provincial y, por ende, nacional, para fundar y
establecer las primeras ciudades.
Con fecha 19 de junio de 1549, ya pacificado el Perú, Pedro La Gasca
extendió una provisión real a Juan Núñez de Prado para que llevara
adelante una nueva expedición a la región del Tucumán, tras el
trágico fin de Diego de Rojas.
Núñez de Prado -de 34 años de edad- siguió el mismo camino que sus
antecesores. También llegó a Chicoana, donde Diego de Rojas
decidiera tomar la dirección que lo llevó a Maquijata. Allí, el
nuevo enviado enfrentó y venció un ataque de indios que dieron
muerte a un sacerdote que integraba la expedición.
La marcha de Prado, tenía un cometido decididamente más determinado
que las anteriores que se habían limitado a la exploración. Esta
vez, el objetivo era establecer una capital para la región del
Tucumán.
El 29 de junio de 1550, el lugar elegido fue el valle de Gualán
(cerca de la actual ciudad de Monteros en la provincia de Tucumán).
Allí, con los procedimientos de rigor (actas, testigos, designación
de cabildantes y asentamiento poblacional), Núñez de Prado fundó la
Ciudad del Barco, llamándola así en homenaje a Pedro la Gasca que
había nacido en la Ciudad del Barco de Ávila, en España.
Pero las reyertas entre los conquistadores no habían terminado del
todo. Luego de un enfrentamiento con las huestes de Francisco de
Villagra que se dirigía a Chile para apoyar a Pedro de Valdivia,
Núñez de Prado, luego de su derrota y forzado sometimiento al
dominio territorial de éste, se vio obligado a trasladar la Ciudad
del Barco más hacia el norte, para no caer en la supuesta
jurisdicción chilena que pretendían sus contrincantes.
En mayo de 1551, se produce el segundo establecimiento de la Ciudad
del Barco, dentro de la actual jurisdicción de la provincia de
Salta, cerca de la frontera con Tucumán.
Esta vez, Núñez de Prado le extendió el nombre a Ciudad del Barco
del Nuevo Maestrazgo de Santiago (por Santiago Apóstol, Patrono de
España y de este segundo asentamiento de la capital del Tucumán).
No pasaría mucho tiempo hasta que se decidiera un nuevo traslado de
la Ciudad del Barco, debido a los constantes ataques de los indios
calchaquíes y a la falta de condiciones apropiadas para el
suministro de alimentos.
Tras una marcha de aproximadamente 300 kilómetros hacia el sur, los
hombres que ya habían erigido dos asentamientos como capital del
Tucumán, llegaban con los bagajes de la ciudad itinerante a un punto
que consideraban apropiado para estar fuera de las demarcaciones
geográficas que se adjudicaba Valdivia desde Chile, quien desoía las
recomendaciones de la Audiencia de Lima de no avasallar territorios
del Tucumán. Este sitio estaba sobre la margen derecha del río Dulce
(entonces llamado río del Estero), a poca distancia al sur de
nuestra actual capital provincial.
Con idénticos representantes de la autoridad real, con las mismas
normas para respetar y hacer regir, y con iguales finalidades a las
pretendidas en los dos primeros asentamientos, en el invierno de
1552 (se cree que entre junio y julio) se establecía en nuestro
actual territorio provincial, la 3ª Ciudad del Barco (lo de 1ª, 2ª y
3ª es por los asentamientos que tuvo y no porque así se la
denominara).
Precisamente porque siempre se habló de tres asentamientos de la
Ciudad del Barco, cabe citar como dato ilustrativo el estudio
publicado en 1918 por Juan Christensen: “La Fundación de Santiago
del Estero”, donde habla de cuatro asentamientos anteriores al
establecimiento de Santiago del Estero. En efecto,
dando una primera fundación de tiempo muy breve en cercanías del
pueblo viejo de San Miguel (Tucumán), luego en el valle de Gualán
(la que comunmente se rescata como primera, entre Concepción,
Monteros y Santa Ana, también en Tucumán), el tercer asentamiento en
la actual provincia de Salta, en el valle Calchaquí a la altura de
San Carlos, y el cuarto establecimiento a media legua (sudeste) de
la actual ciudad de Santiago del Estero.
Francisco de Aguirre y Santiago del Estero
Mientras tanto, desde Chile, el gobernador Pedro de Valdivia
-conocido por los pleitos territoriales que planteaba- instruía al
capitán Francisco de Aguirre para que avanzara allende los Andes e
incorporara poblaciones y territorios que estuvieran dentro de lo
que consideraba jurisdicción de esa gobernación, a pesar que desde
la Audiencia de Lima se había ordenado no interferir ni modificar
los asentamientos del Tucumán.
Por otra parte, la demarcación territorial de la gobernación de
Chile se extendía de norte a sur desde Copiapó (se decía a la altura
del paralelo 27º cuando en realidad es 27º,20’) hasta el paralelo
41º en Arauco, y desde la costa del Pacífico hasta no más de 100
leguas marinas al Este (64º,34’52” de longitud). Sin rodeos y para
mayor claridad, Valdivia creía que la ciudad fundada por Núñez de
Prado entraba en su jurisdicción y, en consecuencia, pretendía,
arbitraria y equivocadamente, anexar la Ciudad del Barco (y luego
Santiago) a la gobernación de Chile, la cual -como el Tucumán-
también dependía de la Audiencia de Lima, en tanto que la Ciudad del
Barco se encontraba más arriba de esa latitud y más al Este en
longitud, en los 27º,11’,30” y 64º,27’48” respectivamente. Más
claro: a lo alto y a lo ancho, fuera de la jurisdicción chilena. Los
posteriores traslados, tampoco entraban en los límites asignados a
Chile, Sin embargo, las pretensiones anexionistas persistirían.
Por cierto, este pleito quedaría superado diez años más tarde,
cuando por Cédula Real del 29 de agosto de 1563, se determinaron los
límites de las gobernaciones de Chile y del Tucumán. Pero los
acontecimientos de entonces, llevaron a que Aguirre iniciara su
marcha hacia el Tucumán.
En 1549, por disposición de Valdivia, Aguirre había refundado en
Chile la ciudad de La Serena, tras haber sido diezmada por los
araucanos (hoy en día una atractiva ciudad de características
coloniales, llamada así en homenaje, precisamente, a Pedro de
Valdivia que había nacido en Villanueva de La Serena, España). La
marcha de este capitán español -nacido en 1500 en Talavera de la
Reina- no tuvo impedimentos hasta su llegada a la Ciudad del Barco
en febrero de 1553.
Los historiadores coinciden en señalar que Francisco de Aguirre
ocupó con 60 hombres bien armados la Ciudad del Barco en ausencia de
Núñez de Prado, que se
encontraba explorando la región de Famatina a más de cien leguas de
distancia. Hasta allí mandó soldados el capitán Aguirre para hacerlo
prisionero y enviarlo a Chile.
Instalado un nuevo Cabildo, Aguirre hizo reconocer los títulos que
traía desde Chile. Pero al poco tiempo, desconoció derechos
territoriales a Valdivia y reclamó al Rey de España que le otorgara
la gobernación del Tucumán.
A todo esto, decidía el traslado de la 3ª Ciudad del Barco a escasa
distancia hacia el norte (media legua), denominando a la ciudad que
levantaba el 25 de julio de 1553 (¿ó 23 de diciembre?) con el nombre
de Santiago del Estero, en virtud de Santiago Apóstol y también
instituyéndolo como Patrono de la misma, como antes lo había hecho
Núñez de Prado con la Ciudad del Barco del Nuevo Maestrazgo de
Santiago.
El modo y la forma en que se sucedieron los acontecimientos hasta
entonces, dejaron abiertos ante la historia, diversos aspectos para
discutirlos. Uno de ellos el del traslado o fundación de Santiago
del Estero. No obstante, resulta innegable el hecho del proceso
irreversible de asentamiento definitivo y consolidación de la ciudad
establecida por Aguirre.
Más allá de las consideraciones de los historiadores y del criterio
de quienes se debaten entre la fundación o traslado de la ciudad, o
contraponer la fecha del 29 de junio de 1550 en que Núñez de Prado
fundó la Ciudad del Barco por primera vez, a la del 25 de julio de
1553 en que Aguirre dá nacimiento a Santiago del Estero, lo cierto
es que Santiago del Estero cumple este año de 2003, 450 años de
existencia, y de uno u otro modo es la “Madre de Ciudades” de
nuestro país.
453 años de Santiago del Estero
El 29 de junio de 1550, el capitán Juan Núñez de Prado -proveniente
de Potosí y designado desde la Ciudad de los Reyes, Lima- funda en
la región del Tucumán la Ciudad del Barco (a la altura de lo que hoy
es la localidad tucumana de Monteros), llamándola así en homenaje al
sacerdote y licenciado Pedro La Gasca, Presidente de la Audiencia de
Lima, que había nacido en la ciudad del Barco de Ávila, en España.
En 1551, la lleva más al norte, entre las actuales ciudades salteñas
de San Carlos y Rosario de la Frontera. En 1552, la traslada
nuevamente más de 270 kilómetros al sur y funda por tercera vez la
Ciudad del Barco, entre 1,5 y 2 kilómetros de distancia (sudeste) de
lo que hoy es la ciudad de Santiago del Estero.
En 1553, el capitán Francisco de Aguirre -proveniente de Chile-
traslada la Ciudad del Barco y establece la ciudad de Santiago del
Estero, llamándola así por Santiago Apóstol, Patrono de España, y
por el río del Estero (nombre que se le daba entonces al río Dulce).
Nunca se ha puesto en duda la obra fundacional de Núñez de Prado con
la Ciudad del Barco, ni mucho menos nadie ha pretendido dejar en el
olvido lo que hizo, como tampoco es el caso desconocer y revertir el
proceso histórico que sobrevino a partir del surgimiento de Santiago
del Estero efectuado por Aguirre.
Si bien se han encontrado fragmentos del acta fundacional de la
Ciudad del Barco, y entre otras consideraciones se argumenta el
hecho de que el 13 de febrero de 1555, por decreto de la Real
Audiencia de Lima, se manda restituir a Núñez de Prado como
gobernador del Tucumán (a partir de lo cual surge el misterio de su
nunca develada desaparición, luego de presentarse ante el Cabildo de
Chile que anunció públicamente su designación), existen asimismo
criterios que sostienen el nombramiento de Aguirre como gobernador
en tres oportunidades, la primera partir
de marzo de 1554, luego de ser teniente de gobernador de Valdivia, y
luego en 1563 y 1569 (nombrado ya por los virreyes del Perú con
aprobación real), que llevan a
decir que, al momento de surgir Santiago del Estero, no hubo después
nada que revocara el hecho, siendo el proceso temporal a través de
los siglos -con todo lo que ello implicó y significa-, la afirmación
de esta ciudad: “Madre de Ciudades”.
Después de 450 años de existencia, ¿sería el caso cambiar a Santiago
del Estero por la Ciudad del Barco, cuando todo lo que ocurrió
durante cuatro y medio siglos fue dentro de su seno e identidad?
Desde luego que Núñez de Prado fue el fundador de la primera ciudad
que se asentó en nuestro territorio, como también es cierto que
Aguirre la mudó y le cambió el nombre, dejando a la posteridad
abierta una discusión que parece no haber terminado.
Pero de lo que se trata en este año tan particular de 2003, es de
celebrar, concretamente, los 450 años de Santiago del Estero, como
santiagueños. Sin que ello sea óbice para también conmemorar los 453
años de la primera Ciudad del Barco.
En este sentido, podríamos decir que nuestra ciudad capital, y por
ende la provincia que surgió de su seno, no dejará de ser lo que es
y lo que será por una cuestión de fechas y de nombres que, en
definitiva, se confundieron en una época compartida de intrincados
episodios que, a pesar de haberle dado origen, están superados en el
tiempo, y de ninguna manera alterarán su identidad y destino.
Esta ciudad ya no es ni de Prado ni de Aguirre. Obviamente nació con
ellos, porque es la consecuencia de lo consumado por ambos. Pero por
sobre todo, es de los santiagueños y sus generaciones venideras,
como lo fue de sus ancestros que cobraron y nos dieron identidad
propia, contribuyendo a la formación, independencia y crecimiento de
nuestro país.
Más allá de lo hecho en su tiempo por Núñez de Prado y Francisco de
Aguirre; el primero por su génesis fundacional, y el segundo por dar
nacimiento desde Santiago del Estero a nuevas poblaciones,
costándole en ello hasta la vida de su hijo Valeriano en un
enfrentamiento con los calchaquíes, Santiago del Estero es el
resultado definitivo de lo que fue una ciudad itinerante que, al
cambiar de nombre y de lugar, se convirtió en madre de ciudades.
La presente síntesis no tiene la intención de derrumbar criterios
formados, cualesquiera sean, ni mucho menos apuntar a un juicio de
valor particular en la visión de los hechos.
La cuestión medular de todo esto, y si cabe algún juicio y revisión
de la misma exigiendo una mayor profundización en su tratamiento, no
corresponde al caso y finalidad de este texto que está dirigido a
mostrar en forma sintética lo que fue el proceso fundacional de la
ciudad de Santiago del Estero.
Esta reseña, sólo pretende contribuir a dar una breve información,
lo más clara posible, sobre los hechos fundacionales de la Ciudad
del Barco y Santiago del Estero -lo que implica al mismo tiempo el
origen de nuestra provincia y desde luego
de la Patria-, como un aporte a nuestra comunidad y a quienes
visiten nuestra ciudad en sus 453 años.
Ciudades fundadas por Santiago del Estero
Londres (Catamarca): 1558 (Juan Pérez de Zorita). Posteriores
traslados en 1607 y 1633.
Tucumán: 1565 (Diego de Villarroel).
Córdoba: 1573 (Jerónimo Luis de Cabrera).
Salta: 1582 (Hernando de Lerma).
La Rioja: 1591 (Juan Ramírez de Velasco).
Jujuy: 1593 (Francisco de Argañaraz y Murguía).
Catamarca: 1683 (Fernando de Mendoza de Mate de Luna).
Otras poblaciones fueron fundadas al promediar el siglo XVI por
expediciones que partieron desde Santiago del Estero, pero que a
raíz de levantamientos aborígenes o por fenómenos naturales
desaparecieron, resurgieron por breve lapso o perduraron en menor
importancia que las capitales existentes hoy en día. Así fueron los
casos de Córdoba de Calchaquí, establecida en 1559 donde había
estado la 2ª Ciudad del Barco (territorio salteño) y Cañete, en
1560, en proximidades de la primera Ciudad del Barco (territorio
tucumano).
En 1566, Diego de Heredia funda la ciudad de Esteco (territorio
salteño) que llegó a ser una de las más ricas y florecientes
ciudades del Tucumán.
En 1567, Diego de Pacheco cambia el nombre de Esteco por Nuestra
Señora de Talavera (o Talavera del Esteco), trasladada en 1592 por
Ramírez de Velasco a Nueva Madrid de las Juntas (desaparecida en
1692 por un terremoto e inundación del río Juramento).
En 1577, el gobernador Gonzalo de Abreu fundó otros dos
asentamientos poblacionales que desaparecieron ese mismo año: San
Clemente (en territorio tucumano) y San Clemente de la Nueva Sevilla
(en territorio salteño).
A estas poblaciones siguieron otras como Nueva Madrid de las Juntas,
entre Córdoba y La Plata, luego Sucre (Ramírez de Velasco), San
Salvador de Velasco, en Jujuy (Francisco de Argañaraz y Murguía),
desaparecidas también éstas, pero que fueron abriendo el camino
expansivo de la epopeya fundacional de nuestro actual territorio
argentino, a partir de Santiago del Estero y del establecimiento de
las principales ciudades del noroeste y centro que surgieron a su
impulso y que le ha valido el justo calificativo de “Madre de
Ciudades”. |
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