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Noble y leal ciudad |
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El trasiego emocional de Blanca Irurzun |
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Por Lisandro Gayoso |
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Mientras el grabador ha quedado en
el olvido, en una esquina de la mesa, solo, con su lento caminar,
converso espontáneamente, sin anotaciones, con la escritora y poeta
santiagueña cuyo nombre, Blanca Irurzun, constituye en el panorama
de la literatura nacional un hito conocido, “Blanca Irurzun amasó
con la levadura de idéntica protesta la materia de los cuentos y
cuadros nutridos de vivacidad plástica que contiene el volumen
“Changos” (1939), expresa Luis Emilio Soto en “Historia de la
Literatura argentina (t. IV, p. 418, Ed. Peuse, 1959). Por otra
parte, también la cita en reiteradas ocasiones Augusto Raúl Cortazar
en la precitada obra “Folclore literario y literatura folclórica”.
Blanca Irurzun: Quince años. No falto, estoy siempre. LG: Me refería al sentido de faltar físicamente, pues, espiritualmente está, nunca se ha alejado. BI: Puedo decir que acá (Buenos Aires) lo único que hago es lavarme la cara. LG: Magnífica expresión que confirma el conocimiento que tengo de su cariño por Santiago. Señora Irurzun, ¿cómo aprecia usted, desde la distancia, a la cultura de Santiago del Estero, la literatura principalmente?
BI: Hablando de narradores, en primer
término, no abundaron los narradores cultos, pero el narrar es la
gracia del santiagueño. El hombre de campo tiene una gracia muy
singular, por eso he dicho “no los cultos”. Las frases hechas que
tiene el narrador del interior, que conforma un tipo, son
extraordinarias. Sabe pintar, maneja la pausa con una habilidad
exquisita, el silencio de la misma manera, convirtiéndolo en
sonoridad a fuerza de ser tan intenso. El narrador culto existe en
Santiago. Un exponente no común es el doctor Mariano Paz. Posee un
sentido propio de contar las cosas, con donosura, salpicado con lo
puro que habita en el narrador a que antes me he referido y que él
frecuenta por vocación, unido al hombre erudito que le concede su
forma humanística. Para mí es el narrador por excelencia. Luego está
Clementina Rosa Quenel. Hubo otro prosista de mucho talento, el
doctor Billaud. Es decir, la narrativa oral tuvo sus expresiones muy
significativas en Santiago y creo que aún puede tenerla. Esa
impresión tuve en el encuentro de poetas.
BI: Que se concretó en 1968 en La
Banda, organizado por Sebastián López (h), Taralli, Nassif, Rojas,
Artayer, en síntesis, por un enjambre de poetas nuevos de mucho
mérito, ante quienes yo me incliné porque en honor a la verdad, los
vi auténticos y con capacidad de creación.
BI: No quiero dejar de mencionar a
Dalmiro Coronel Lugones, que aunque puedo no participar
personalmente de muchas de sus cosas, lo considero un poeta.
BI: Gente de mucho valor como los
hermanos Wagner, los arqueólogos, quienes efectuaron un trabajo
importantísimo, con el agregado que uno de ellos, además, era poeta,
finísimo poeta. Don Manuel Gómez Carrillo, a quien recuerdo con
mucha ternura porque fui alumna de él, realizador de cosas
estupendas en Santiago como hace cuarenta años organizar coros de
ciento cuarenta voces, algo realmente titánico. Orestes Di Lullo,
Horacio G. Rava, Mariano Paz, Clementina Rosa Quenel, aunque ella
llegó un poco tarde, porque, coquetamente, puedo decir que durante
mucho tiempo fui la única mujer en el grupo y, por ello, muy
halagada por todos. También pertenecieron Luis Manzione y Moisés
Carol.
BI: Yo me permito correrme, siendo de
“nosotros”, hacia ellos. Es decir, hacia los nuevos. Y lo hago,
primero, porque trato de renovarme pese al poco tiempo con que
cuento porque tengo otras tareas grandes, como ser abuela, madre y
maestra.
BI: Ellos no pueden dar lugar a
ninguna discusión. Y esto me sorprende, pues son poseedores de
muchas condiciones. Hay que tener en cuenta que es la generación
actual. Y como en toda época uno está un poco más adelante que los
otros, con más maduración. Yo no puedo marcar siempre en ellos. Creo
sí que hay gente, en ese grupo, que tiene una calidad poética de
primer agua, y que sin lugar a dudas seguirán superándose. Ésta es
mi posición, adoptar otra sería caer en la injusticia, además no
conozco íntegramente la producción de estos poetas y narradores.
BI: No sólo creo en la comparación,
sino que tiene que ser mejor, y tiene que ser así porque a pesar de
que La Brasa tenía creadores de tanta jerarquía como Canal Feijóo,
Rava, Manzioni, Domingo Bravo, etc., estos jóvenes encuentran un
cambio realizado en primer lugar, después Santiago ha tomado otro
tono, y ellos tienen mayores oportunidades. Además son jóvenes y
ésta es la hora de la juventud. No hay que confundirse. Por eso creo
que todo lo que ellos propician me parece digno y enaltecedor. Con
sólo la reunión de poetas que hicieron en La Banda, tan bien
organizada que yo que he visto muchas en Buenos Aires, puedo decir
que pocas veces he encontrado esa calidad. Y luego me parecen
respetuosos de los de antes. Por lo menos personalmente lo siento.
Sumado a la posibilidad que ellos tienen y su modalidad, que es mí
admiración, siento que desempeñan el papel que históricamente les
corresponde. La cultura es, además de finalidad estética, amistad,
ronda grande, y ellos saben hacerlo y comprenderlo.
BI: Efectivamente. Y me parece muy
bien. Le voy a decir que soy parte interesada en este movimiento
juvenil, porque usando un término común, podría decirse que estoy
“enredada” amistosamente con ellos, y algunos han sido mis alumnos.
Eso quiere decir mucho cuando se es fiel, como yo lo soy, a los
sentimientos.
BI: He creído que quien escribe debe
hacerlo como siente, y si ellos sienten a Santiago…
BI: Bueno, pero no recuerdo quien
dijo que para ser universal debe ser primero local.
BI: Que no lo hacen tampoco. El poeta
que fue magníficamente documental es Cristóforo Juárez.
BI: Muchísimo, y me honro con haber
merecido su amistad. Era un gran poeta y sigue siéndolo. Trabajó
mucho con un desorden insólito, porque fue un bohemio así “a
outrance” y regó varios versos en los bolsillos de todos sus amigos.
Era tan poeta que una vez en una peña donde también estaba Jorge W.
Ábalos, un lugar árido pero en una rueda de lo más cariñosa, lo vi
producir de una suerte espontánea y fácil, un soneto escrito de
pronto, con mágica inspiración. Luis Manzione tenía “el ángel”. Su
expresión física no lo determinaba porque aparentaba ser un poco
tosco, lucía un político que yo pienso que en el fondo no lo era, y
esto confundía a quienes no vivían cerca de él, mas no a nosotros.
Cuando leo sus poesías, pienso que no tenía ángel, sino “ángel y
medio”.
BI: Roberto Castro es un poeta. Lo
conozco desde hace muchísimo y he leído trabajos suyos cuando aún no
había publicado. Siente a su tierra intensamente y hace poco me
entregaron, sin decirme su autor, los “Seis sonetos nombradores”, y
expresé que pertenecían a Castro.
BI: Sí. Ahora bien, pienso que no es
la hora de ajustarse a las medidas. El decir suelto tiene una gracia
muy especial y una dificultad que el poeta auténtico sabe superarla.
BI: No. Hay que asimilar a la
juventud. Es decir, escucharlos, y de ese escuchar saldrá la
asimilación indudablemente. Creo en la unión de los esfuerzos, sin
negar nada a nadie. Creo que es la hora de la poesía en general.
Estos jóvenes tienen mayores posibilidades. Nuestra época fue más
difícil, y nos costó desbrozar el camino. En este momento está más
llana la senda, y como ellos tienen un gran impulso lírico pueden
llegar a mucho. He leído en distintas conferencias poemas de Nassif,
Artayer y Ana Alicia Licitra que han gustado mucho, sobre todo, sin
desmedro para los otros, el primero. En una palabra, que les tengo
tanta fe que me siento orgullosa de ellos. Y les tengo fe porque
cuando fui a La Banda hace cuatro años pude tener una impresión
general totalmente favorable. Vi, por ejemplo, unas ilustraciones
dignas del mejor salón de Buenos Aires. A modo de saludo, quiero
decir a los poetas de La Banda que nunca y a ningún precio olviden
el nombre de María Adela Agudo. Fue una poetisa, una amiga y una
mujer sin igual, aunque no supieron valorarla en su época.
Finalmente, saludos a todos los jóvenes de esta joven y a todos los
viejos de esta compañera. |
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