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...Hasta que una
tarde recibí el mazazo. Marita había caído en lo que ellos
llamaban un "enfrentamiento". Pensando burlar a los
"servicios" que las tenían prácticamente cercadas, se
reunieron en el Jardín Botánico, un corrillo de madres
jóvenes, en uno que otro cochecito había armas, envoltorios
con volantes; cuando empezaron los balazos indiscriminados
Marita logró llegar al portón del parque y pudo entregar su
hijita a una pareja de ancianos que pasaban, dando el nombre
de un pariente lejano (que trabajaba en el Ministerio del
Interior), quien finalmente recogió a la criatura y dio la
noticia del destino de Marita a la familia. Sólo había
logrado alejarse dos cuadras antes de ser alcanzada por una
ráfaga de balas.
Mi misión ahora era avisar a Eliana. Tuve que armarme del
mayor coraje para poder |
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llevarle
la noticia de que Marita estaba muerta. Eliana ya se había
leído todo lo leíble en la biblioteca de la ciudad termal.
Deambulaba entre ancianos grises, no había hecho ninguna
amistad, pero todo el mundo la conocía, de manera que cuando
se puso a llorar en la terraza del hotel, varios viejos
condolidos lagrimearon con ella, uno hasta le regaló una
botella de licor para aplacar su pena. Tenía que usar toda
mi prudencia para que Eliana no se denunciase a cada paso.
Salimos de Las Termas al día siguiente, sin compartir el
dolor con nadie más. No podía seguir mintiendo, disimulando.
¿Cuántos estarían haciendo lo mismo? La lenta devastación de
cuerpos y almas avanzaba. Allí comenzó nuestro camino de
provisoriedad...
...Corre Marita corre por un campo de lavanda. Corre
Marita sobre un empedrado, con los tacos torcidos de tanto
andar y cargar a la niña. Corre Marita como en ese grabado
de Kate Kollwist porque los tiempos están repitiéndose en tu
país y el arte cruza las fronteras y ya fuiste muchas veces
retratada. Corre Marita debajo de la astucia de los viejos
que algún día dejarán de ocultar tu rostro franco y te
mostrarán con orgullo. Corre al lado de Ismael, al lado de
Horacio, codo a codo con Ricardo. Corre por esa avenida que
se abre en pliegues de color azul, en casitas, en sol. Corre
como corre la lluvia sobre las chapas de la villa, adonde
ibas chapoteando con los compañeros a compartir el pan y el
queso y el salamín y el vino y a llevar una palabra o un
medicamento o frazadas y no sólo a eso, sino a aprender a
pescar, a ser pescadores de almas y otras almas y cuerpos y
a enseñar a ser pescadores de humanos y a mirar la vida con
una red nueva. Como esos pescadores o esos herreros,
carpinteros, albañiles que pintaba tu abuelo en su
renacimiento de la clase humilde. Tu abuelo que llegó a
llorar tu muerte y la muerte de Ismael y la muerte de tu
hermano y el exilio de tu madre María-Eliana, hasta morir él
mismo más tarde cargado de tanta pena atada y desatada, de
tanto dolor que su paleta nunca había logrado pintar porque
él pintaba la esperanza. Corre Marita corre que no te vea tu
abuelo el juez, tan ducho para condenar obreros o para
lavarse las manos y que ahora vería "sangre de su sangre"
corriendo alborotada por una calle indiferente, por una
calle que no sale a socorrer a la nieta del juez condenador,
del que ocultó suplicios y los enterró en anaqueles
polvorientos y que luego de secarse sabiamente los labios y
volver a lavarse las manos (esta vez en la porcelana
familiar) iba a sentar en sus rodillas a "la preferida nieta
del infrascripto"; que no te vea el juez que todas las
tardes saca un ojo desde su tumba y lo suelta a andar por el
mundo, majestuoso ojo de juez muerto de opresión y riqueza,
insatisfecho como aparece en todos sus retratos de juez que
uno conoce. Ojo sanguinolento recorre la calle para verte
correr. Ojos guirnalda sangrante siguen al agigantado paso
de Marita con las botas de siete penas. Corre Marita que te
persigue una orquesta de balas, esos maulas quieren a Marita
viva pero Marita es más viva y no se dejará cazar, sino
muerta. Algo ya te dio en la espalda pero no caíste Marita a
pesar del golpe; el silbido de las balas ya se te metió en
la cabeza y los ladridos ahora suenan como insultos y otro
golpe Marita y no caigas, corre más, no caigas Marita, deja
que la calle suba hasta vos que el adoquín se levante y te
apedree la frente y que las chapas se hundan en la carne y
no duela.
Alberto Alba, de Quimilí, nació el 6 de julio
de 1935 y murió el 1º de julio de 1991. Estos fragmentos
pertenecen a su nouvelle Sellos Violados (editorial
Dimensión, 1993). |